domingo, 6 de julio de 2014

BATMAN RETURNS

Director:  Tim Burton, Guión: Daniel Waters (basado en una historia de Dan Waters y Sam Hamm)  Productores: Peter Guber y Jon Peters, Musica: Danny Elfman,  Protagonistas: Michael Keaton (Batman / Bruce Wayne), Michelle Pfeiffer (Gatúbela / Selena Kyle), Danny DeVito (Oswald Cobblepot), Christopher Walken (Max Schreck), Michael Gough (Alfred), Michael Murphy, Pat Hingle (James Gordon) y Vincent Schiavelli.
El filme se inicia cuando en una navidad 33 años atrás, cuando la familia Cobblepot tiene un bebé deforme. Los padres, horrorizados, llevan al bebé al parque y lo arrojan con su coche al río, el coche viaja por las cloacas de Gotham City hasta llegar a una sección del zoológico abandonado de la ciudad donde lo recibe un grupo de Pingüinos. 33 años después, Gotham City se prepara para celebrar la navidad y el
 encargado de comenzar los festejos es el prestigioso pero inescrupuloso empresario Max Shreck (Christopher Walken), quien además tiene una torpe y tímida secretaria llamada Selina Kyle (Michelle Pfeiffer), que se mete en una negociación con varios socios para una planta nuclear y olvida el discurso de Shreck para la iluminación del árbol de navidad. Cuando Shreck improvisaba su discurso llega la banda del circo Triángulo Rojo, una banda criminal caracterizada porque sus miembros eran del circo del mismo nombre pero que se dedicaban a la delincuencia y varios eran payasos, acróbatas, etc. El Alcalde Hill (Michael Murphy) ordena poner la Batiseñal, mientras Bruce Wayne (Michael Keaton) desde su nueva mansión la observa. Batman entra a la acción y neutraliza a los bandidos, Shreck es secuestrado por el Pingüino (Danny DeVito), líder de la banda
 criminal, quien le pide su amistad y ayudarle a descubrir sus orígenes. Shreck duda pero el Pingüino lo amenaza con desvelar sus inescrupulosas acciones (desechos tóxicos de sus fábricas, la muerte de un socio y su nombre en las propiedades caídas de la ciudad) si no le ayudaba, el empresario acepta pero bajo la idea secreta de controlar la ciudad con el Pingüino y poder realizar su Planta Nuclear la cual fue rechazada por el Alcalde. Mientras Selina busca los archivos de Bruce Wayne, quien tenía negocios con Shreck, descubre que éste quería construir una planta de energía nuclear que en lugar de emitir energía la absorbía. Shreck viendo lo que hacía Selina la amenaza con la frase "qué le hizo la curiosidad al gato" y la tira desde la ventana del piso alto donde se encontraban y esta muere, pero en ese momento varios gatos empiezan a lamerla y sorpresivamente revive. Selina llega a su casa y ya cansada de la presión de su madre, su jefe, etc, enloquece y destruye varias cosas de su hogar y después coge una chaqueta de vinilo, la modifica hasta convertirla en un disfraz de
 gato, llamándose así Catwoman. A la mañana siguiente, el alcalde da un discurso en el que anuncia que aplazará la iluminación del árbol. Justo llega un bandido del circo Triángulo Rojo y secuestra al bebé del alcalde, pero llega el Pingüino y lleva el bebe con su padre haciéndose lucir como un héroe. El Pingüino es entrevistado diciendo que sólo quería buscar a su familia y saber porque lo habían desechado. Bruce observa los hechos en el noticiario esperando que el Pingüino encontrase a sus padres. Ayudado por Shreck, el Pingüino llega al archivo de la ciudad buscando sus raíces ante la prensa, queriendo saber quién era en realidad. El Pingüino anota varios nombres en un papel, mientras Batman investiga sobre el circo Triángulo Rojo, viendo que se caracterizó por tener fenómenos, entre ellos el Pingüino, y que más tarde el circo se disolvería ya que varios de los miembros se habían dedicado al crimen y sobre todo el Pingüino había sido vinculado a la desaparición de varios niños, lo cual le empieza a generar desconfianza. Batman desde su Batmóvil vigila al Pingüino
 teniendo un mal presentimiento (con Alfred irónicamente preguntándole si quiere ser el único hombre-bestia en la ciudad), más tarde el Pingüino visita la tumba de sus padres en el cementerio de la ciudad, proclama ante la prensa que su nombre es Oswald Cobblepot y que perdonaba a sus padres. Luego, se ve un hombre asaltando a una mujer indefensa, pero Catwoman aparece y lo noquea con sus uñas, sin embargo, cuando la mujer le agradece, ella le contesta "I am Catwoman, hear me roar" (Yo soy Catwoman, óyeme rugir) y se aleja con una sorprendente agilidad. Mientras Shreck y Bruce discuten sobre la planta nuclear, Bruce le reprocha que su socio se alíe con un criminal mientras que Shreck le reprocha el hecho de su gran vida desde que nació y que no permitiría calumnias, justo llega Selina Kyle y lleva a Bruce a la
 salida. Shreck, sorprendido de que haya sobrevivido, le dice a su hijo Chip (Andrew Bryniarski) que la matara definitivamente si lo intentaba chantajear. Más tarde Shreck tiene una sorpresa para Oswald, tras guiarlo con un salmón crudo, Oswald ve que Shreck para hacer que la gente lo amara más lo nombre candidato a la Alcaldía de Gotham City, a pesar de que faltaba un año para las elecciones. Shreck planea provocar un caos para luego adelantar las elecciones, Oswald en un principio no está de acuerdo pero acepta la idea porque si él era Alcalde; el recuperaría el lugar que sus padres le arrebataron y para asegurarse su popularidad enviaría a la banda del circo. Esa noche la banda del círculo empieza a causar estragos pero Batman en ese momento llega a detenerlos. Durante la pelea, Batman usa uno de sus batarangs para atacar a cuatro villanos pero un perro French Poodle agarra
 el arma y huye con su dueña, también secuaz del Pingüino. Batman logra ir a un callejón donde se encuentra con el Pingüino, ahora con mejor imagen para su campaña electoral, mientras que Catwoman adentro de un almacén propiedad de Shreck empieza a hacer destrozos y destruye el almacén, a la vez que se encuentra con su colega villano y el héroe enmascarado. El Pingüino huye mientras que Batman logra llegar donde Catwoman y empieza a
 pelear con ella. Batman arroja Napalm a su brazo y hace que ella caiga en un camión de arena para gatos. Se desarrolla además una relación de amor-odio entre Batman y Catwoman. A la mañana siguiente el Pingüino hace su propaganda política hipócritamente abogando que Batman guarde el orden público y desafía al alcalde encender otra vez el árbol en la plaza principal, Bruce, quien veía el anuncio con Alfred, no se mostró del todo confiado. Al rato de su discurso, el Pingüino sube a su cuarto donde ve que Catwoman lo visita. Ella le propone aliarse para destruir a Batman, el Pingüino planea controlar su auto y luego destruirlo y Catwoman acepta pero se resiste a los intentos de filtreo del Pingüino, hasta que Catwoman intenta comerse vivo a un pequeño pájaro del Pingüino, mientras que este intenta matar a su gata con una de sus
 sombrillas. Un día, Selina acepta una cita con Bruce en su mansión para ver la iluminación del árbol. La noche de la iluminación es presenciada por todos los ciudadanos, mientras la Princesa de hielo (Cristi Conaway) es decir, la hermosa modelo encargada de iluminar el árbol, es secuestrada por el Pingüino y este deja el batarang robado en su camerino para inculpar a Batman. Tras enterarse del secuestro, Bruce le huye a Selina para intentar salvar a la princesa y Selina también huye para convertirse en Catwoman y evitar la interferencia de Batman en los planes de ella y el Pingüino. Batman llega y rescata a la princesa pero esta de nuevo es secuestrada pero por Catwoman y llevada al borde de un edificio. Batman intenta rescatarla pero el Pingüino usa un paraguas que adentro tenía murciélagos que atacan a la princesa, esta cae hasta morir pero no sin caer en el interruptor del árbol y encenderlo donde también varios murciélagos ocultos en el árbol atacan a la ciudad. Batman es culpado de la muerte de la modelo y el Comisionado Gordon (Pat Hingle), dudoso de la culpabilidad de Batman, intenta capturarlo pero los policías que lo acompañan le disparan intentando matarlo. Mientras Batman huye de los policías y de Catwoman
 (con quien tiene una amena conversación "el muérdago te mata si lo comes", "pero un beso es letal si viene de corazón"), los secuaces del Pingüino desarman el Batimóvil y le instalan la bomba que le tenían preparada. Una vez que terminan dejan el vehículo en el estado que lo encontraron. El Pingüino le propone a Catwoman ser su amante pero esta lo rechaza y el Pingüino usa su sombrilla mitad hélice para mandarla a volar, pero ella luego cae en un invernadero lleno de rosas. Cuando Batman sube al vehículo, el Pingüino maneja remotamente el Batimóvil causando caos y destrozos en las calles. El Pingüino menciona que solo quiere manipular a los ciudadanos de Gotham City para salirse con la suya, Batman con dificultad logra destruir el dispositivo remoto y logra huir de la policía convirtiendo su Batimóvil en modo misil para salir por una calle muy angosta. A la mañana siguiente con la frustración de no haber eliminado a Batman, el Pingüino da un discurso electoral donde lo critica a él y al alcalde, Selina presencia el discurso mientras que Bruce, viendo el discurso desde la mansión, decide destruir su carrera política. El y Alfred
 interceptan la señal y Bruce pone un CD con las palabras que el Pingüino usó contra los ciudadanos la noche anterior cuando controlaba el Batmovil. Las palabras ofenden a los presentes que veían al Pingüino como una opción de cambio y estos empiezan a lanzar al Pingüino huevos, tomates y cebollas. El Pingüino logra huir a las cloacas donde los Pingüinos y sus secuaces lo reciben. Ahora quitándose su nombre de pila Oswald Cobblepot ordena a sus secuaces secuestrar y matar a los primogénitos bebés de Gotham City y asesina a uno de sus payasos al negarse a participar en sus planes. Mientras Bruce repara el Batimóvil, Alfred recibe una invitación de Shreck a un baile de máscaras, en un principio la rechaza pero Bruce decide ir intuyendo que Selina iría. Esa noche Bruce asiste y empieza a bailar con Selina, luego ve que ella planea matar a Shreck y a la vez
 descubre que esta es Catwoman y viceversa, pronunciando la conversación que habían tenido la noche anterior como Batman y Catwoman. En ese momento llega el Pingüino diciendo que los hijos de los presentes serían secuestrados y asesinados y pide llevarse al "primogénito preferido" de Gotham City; Chip Shreck, pero Max, aceptando que fue el quien lo subió alto y lo hizo caer bajo lo convence de llevarlo a él en lugar de Chip. El Pingüino le cuenta a Shreck que matará a los bebes y a él arrojándolo a las cloacas, cuyas aguas estaban envenenadas por las fábricas de Shreck. Mientras los secuaces del Pingüino secuestraban a los bebés primogénitos, Batman aparece y envía una carta diciendo "que los bebes no podrán ir". Colérico, el Pingüino ordena a sus Pingüinos con cohetes en su espalda destruir toda Gotham City, Batman usando su Bat Skiboat para llegar a la guarida del Pingüino. Este usando un radiocomunicador de alta frecuencia hace que los Pingüinos se reúnan en la plaza principal para lanzar
 los misiles. Alfred intercepta la frecuencia y ordena a los Pingüinos cambiar de dirección. Los secuaces del Pingüino abandonan a su jefe mientras que Shreck intenta escapar de su jaula. El Pingüino intenta huir usando su vehículo en forma de pato pero Batman usando su vehículo destruye al pato y se embarca en una pelea con el villano. Batman con un control remoto atrae a los Pingüinos con los rockets, el Pingüino coge el control creyendo poder controlarlos pero al apretar el botón principal, los Pingüinos disparan los rockets a su guarida y a él y cae a las envenenadas aguas de las cloacas. Batman luego ve que Shreck logra escapar pero es agarrado por Catwoman que está decidida a matarlo. Batman llega para evitar que lo maten, pero le dice que lo enviará a la cárcel por sus turbulentas acciones. El héroe intenta convencer a Catwoman de irse a vivir juntos y se desvela ante Shreck como Bruce Wayne y Catwoman se revela como Selina Kyle, Shreck la despide y dispara a Bruce con un revólver que le pertenecía al payaso asesinado por el Pingüino.
 Con seis vidas todavía, Selina intenta enfrentar a su jefe quien le quita cuatro vidas, con dos vidas prometió guardar una para la próxima navidad y su penúltima vida la sacrificó; usando un paralizador eléctrico robado a uno de los secuaces del Pingüino en el principio de la película, besa a Shreck poniéndoselo en ambas bocas provocando un enorme corto circuito en los ventiladores. Bruce, que sobrevivió al disparo, se acerca a los ventiladores viendo que Catwoman desapareció, y a Shreck convertido en un cadáver esquelético, chamuscado y carbonizado por la explosión, en ese instante un Pingüino moribundo intenta usar sus últimas fuerzas para matar a Batman, pero coge una sombrilla inofensiva y promete matarlo después de beber agua helada. El Pingüino muere y sus Pingüinos le hacen una honra fúnebre llevándolo a las aguas. A la noche siguiente Bruce iba camino a la mansión cuando ve la sombra de Catwoman, intenta acercarse al callejón pero solo ve un pequeño gato negro y se lo lleva. Bruce y Alfred se desean feliz navidad y Bruce se la desea a los hombres de buena voluntad y a las mujeres. El film finaliza cuando el coche de Bruce se aleja, sale la Batiseñal y aparece Catwoman viéndola.

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Un Oscar de la Academia. Una buena acogida por parte del público, incluidos los aficionados. Varias nominaciones en distintos festivales internacionales. Un tratamiento mayoritariamente favorable por parte de la crítica. Un generalizado reconocimiento a un meritorio trabajo. Y, lo que era más importante desde el punto de vista más pragmático y materialista: más de 400 millones de dólares en taquilla en todo el mundo. Había costado mucho trabajo sacar el proyecto adelante. Habían tenido que transcurrir diez años de esfuerzos desde la adquisición de los derechos cinematográficos hasta la fecha del estreno. Había sido necesario apostar fuerte y arriesgar: una antigua versión cinematográfica a la que hacer olvidar, un guión interminable expuesto a mil retoques, un ‘casting’ generador de iras y polémicas, un rodaje bajo presión plagado de incidentes, una multitud de exigentes fans a los que contentar...Pero todo había quedado ya atrás. Todo había merecido la pena. Porque Batman había sido un éxito. Los productores ejecutivos Melniker y Uslan habían apostado...y habían ganado. Y, eufóricos, como el jugador que siente que tiene la suerte de cara y no quiere desaprovecharla, deseaban repetir la jugada cuanto antes. Batman 2 no debía hacerse esperar. Sin embargo, había muchas cosas que habían cambiado. Ya no era necesario arriesgar tanto como la primera vez, ni existían tantas dudas como entonces. Bastaba con seguir confiando en el mismo caballo que había resultado ser un ganador, pese a no haber sido el favorito. Desde el mismo instante en que Batman comenzó a llegar a las salas de cine de todo el planeta y a ocupar las páginas de los periódicos y las revistas especializadas, las vidas de los que habían participado en la adaptación cinematográfica del Señor de la Noche no habían vuelto a ser las mismas. Algunos habían pasado de ser
 prácticamente desconocidos por la mayor parte del público a ser considerados entre los mejores en sus respectivos trabajos. Otros, ya consagrados previamente, habían visto relanzadas sus carreras hasta un punto que nunca hubieran podido imaginar. Pero todos, en mayor o menos medida, se habían visto afectados por haber formado parte del equipo de producción. El Murciélago no era el único que había levantado el vuelo. Consciente de que el tirón comercial podía ir apagándose poco a poco, Warner Bros. contactó con Tim Burton durante el mismo rodaje de la siguiente película del director, Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), ofreciéndole rodar la secuela del filme del Señor de la Noche. La productora no quería dejar pasar
 innecesariamente el tiempo, y por eso trató de “atar” al cineasta lo antes posible. Pero, uno tras otro, éste rechazó todos los intentos de la compañía. A Burton, por su forma de entender el séptimo arte, no le gustaban los productos de encargo, no quería realizar una obra de un personaje al que no estaba muy seguro de poder aportarle algo más, y, decididamente, no estaba dispuesto a tener que soportar de nuevo todos los inconvenientes propios de una producción de ese estilo. Batman le había catapultado a la fama y ya no tenía obligatoriamente que aceptar si no quería, no debía ceñirse a lo que otros le fijaran, no necesitaba ceder. En definitiva, su respuesta era no. Aunque la decisión más fácil pasaba entonces por buscar otro director, Melniker y Uslan, ante el temor de una reacción negativa en el público de producirse un cambio en la dirección, decidieron no rendirse tan fácilmente e insistieron en su propósito. Cuantas menos cosas hubiera que alterar de algo que se había probado que funcionaba, más sencillo sería repetir las cifras de recaudación de la primera película. Y, como ya hicieran antaño, decidieron buscar una base sobre la que sustentar todo el nuevo proyecto, para hacerlo crecer desde abajo. Buscaron una historia. Para ello, contactaron con Sam Hamm y le encargaron la redacción del nuevo guión. Hamm, como el resto de los participantes en el rodaje del primer filme, no era ya el mismo que antes de que la Warner le hubiera escogido para elaborar el guión del Murciélago después de que los trabajos de Steve Englehart y Tom Mankiewicz fueran rechazados. De ser el discreto guionista de una película que había pasado prácticamente desapercibida por crítica y público (Los lobos no lloran, 1983) se había convertido en un escriba bastante conocido dentro del medio, y especialmente popular entre los lectores de cómics, gracias a haber firmado una de las historias de Batman más celebradas de los últimos años (Justicia Ciega, 1989). Elaborar el guión de Batman 2 era una oportunidad para mantener esa fama que había logrado cosechar, y para enmendar, además, los errores que él mismo reconocía que había cometido con el primero. Por eso, no dudó en aceptar el reto. Como aficionado del personaje que era, Hamm sabía que lo que los fans deseaban encontrar en la gran pantalla no era sino una buena traslación de lo que les gustaba ver en las viñetas. Desde que Batman llegó a las salas de cine de todo el mundo, los ‘comic-books’ del Señor de la Noche habían experimentado algunos cambios. El torrente de calidad
 creativa de los años inmediatamente anteriores al filme había ido, poco a poco, secándose, hasta casi extinguirse. Alan Grant y Norm Breyfogle seguían en Detective Comics, pero sus historias parecían cada vez menos interesantes y llamativas, y Jim Aparo continuaba en Batman, a pesar de la marcha de Jim Starlin como guionista de la serie (lo que había tenido lugar a raíz, precisamente, de la presión que los autores tenían que soportar en la editorial por motivo de la producción de la primera película del personaje). Además de la historia ya mencionada de Hamm, destacaron por esa época Las muchas muertes de Batman (The Many Death of the Batman, 1989), de John Byrne y Jim Aparo, Año Tres (Year Three, 1989), de Marv Wolfman y Pat Broderick, El enigma Clayface (The Mud Pack, 1989), de Alan Grant y Norm Breyfogle, Dark Night, Dark City (1990), de Peter Milligan y Kieron Duyer...Pero, pese a su notable calidad, ninguna alcanzó la categoría que habían logrado las grandes obras maestras de la historia del Murciélago, ni gozaban del reconocimiento de aquéllas. Algo que, sin embargo, sí logró la polémica y extraordinaria The Eye of the Beholder (El ojo del observador), de Andrew Helfer y Chris Sprouse, en el Batman Annual 14, donde se establece el origen oficial del villano Dos Caras. Influidas por el espíritu de la película, las dos series regulares del Señor de la Noche habían adquirido un tono más sombrío y oscuro, que se dejaba ver tanto en el fondo de las historias como en la forma de actuar de los protagonistas. El éxito del filme había favorecido, incluso, el lanzamiento de una nueva serie, Legends of the Dark Knight, caracterizada desde el primer momento por acoger relatos más maduros y reflexivos.Y, por último, como suceso más destacado del Bat-universo, había tenido lugar la aparición de un nuevo Chico Maravilla. Tras el asesinato del segundo Robin, Jason Todd, en la saga Una muerte en la familia (A Death in the Family, 1988), de Starlin y Aparo, Tim Drake había recogido el testigo, con una acogida tan inesperadamente buena por parte de los lectores que le había llevado a protagonizar su propia miniserie. Teniendo en cuenta todos estos hechos, Sam Hamm afrontó el encargo de la productora y elaboró un guión muy superior al que había realizado para la primera película. Consciente de las carencias de su anterior trabajo, el guionista se esforzó por estructurar sólida y eficazmente la historia, haciéndola girar en torno a un interesante argumento (el misterioso robo de unas estatuillas, pertenecientes a las personas más ricas de Gotham), pero sin reducir la narración únicamente a esa historia central. Batman 2 contaría con múltiples subtramas que enriquecerían notablemente el guión, y pondría mayor énfasis en la faceta superheroica del Murciélago. Como villanos, aparecerían el Pingüino y Catwoman, considerados popularmente, junto al Joker y Dos Caras, los enemigos más importantes y conocidos de Batman. Oswald Cobblepot ya había sido introducido por Mankiewicz en el guión que finalmente había sido desechado para la primera historia del personaje, donde se le describía, en contra de como siempre se le representaba en los cómics, como un hombre “alto, delgado y de buena apariencia”. Por su parte, Selina Kyle era una figura ambigua, que mantenía una desconcertante relación de amor/odio con el Señor de la Noche y que exhibía un carácter proclive a vulnerar la Ley, pero sin ser realmente un espíritu malvado como el resto de villanos. En su guión, Sam Hamm se reconciliaba con los aficionados incluyendo esa caza del Murciélago por parte de la policía que todos los fans deseaban haber visto en el anterior filme (extraída directamente de la obra de Frank Miller y David Mazzucchelli
 Batman: Año Uno), añadía sorprendentes e importantes revelaciones relacionadas con los hechos que habían tenido lugar en la primera película (además de darse a conocer algunos datos sobre el pasado del Príncipe Payaso del Crimen, se descubría que –como ya se había argumentado en 1956, en el Detective Comics #235- el asesinato de Thomas y Martha Wayne se debía en realidad a un ajuste de cuentas), introducía referencias a algunas obras del cómic (como la patrulla callejera formada por admiradores del Señor de la Noche, de la historia Fe, de Mike W. Barr y Bart Sears, de Legends of the Dark Knight), incluía divertidos guiños a los espectadores sobre el descontrolado ‘merchandising’ que había rodeado a Batman (parodiando la realidad, en las tiendas de regalos y ‘souvenirs’ de Gotham se vendían fragmentos del accidentado Bat-plano que el Joker había derribado al final de la primera parte), y se alejaba del tono tan marcadamente siniestro de aquélla (además de presentar a Dick Grayson como Robin, lo que restaba algo de oscuridad al filme, Bruce Wayne dejaba de ser una obsesiva criatura de la noche y mostraba su faceta más humana, al comprometerse finalmente con su amada Vicky Vale). Por todo ello, el trabajo de Hamm contenía muchos alicientes de interés para el público, remarcaba el carácter superheroico y a la vez detectivesco del personaje, dándole mayor relevancia que en la primera parte, y le ofrecía a los lectores de cómics unos cuantos y magníficos homenajes. Parecía claro que el guionista había aprendido de sus errores y se había propuesto corregirlos en la segunda película. Y, gracias a ese guión, probablemente lo hubiera conseguido...de haberse finalmente rodado y distribuido. Pero cuando la productora le hizo llegar el guión a Tim Burton y éste terminó de leerlo, la respuesta a la oferta de filmar una secuela basándose en lo que Hamm había escrito volvió a ser negativa. Al director no le gustó que volvieran a abrirse temas que ya habían quedado cerrados en la película anterior, ni la pérdida de oscuridad del personaje principal, ni se identificaba con los nuevos protagonistas, ni le gustaron las referencias tan explícitas al primer filme, ni...En definitiva, no le gustó el espíritu tan marcadamente continuista de la historia, enlazada directamente con la anterior. Con ese guión, Burton dejó claro que no dirigiría Batman 2. Teniendo en cuenta la importancia que el particular estilo del director parecía haber tenido en el éxito de la primera cinta, los productores de Warner Bros. mantenían serias dudas de que una sustitución del cineasta no repercutiera negativamente en la acogida de la segunda película. Así que, a su pesar, optaron por sacrificar al guionista, tratando con ello de mantener al director. Melniker y Uslan hicieron suyo el lema de que no se debe cambiar de caballo a mitad de una carrera y, en un último intento por lograr que Burton aceptara, le encargaron al guionista Daniel Waters la redacción de un nuevo guión que lograra satisfacer al director. El nombre de Waters, como era lógico, no se había elegido al azar, pues era el guionista de la película Escuela de jóvenes asesinos (Heathers, 1989), producida por Denise DiNovi, quien también había asumido la producción del filme Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), dirigida por Tim Burton. Tan intrincada relación tenía únicamente como fin aprovecharse de la afinidad existente entre Burton y DiNovi, tratando de hacer valer la buena relación entre ambos para convencer a aquél de que dirigiera el rodaje de una nueva película del Murciélago. El trabajo de Hamm fue, por tanto, dejado de lado, lo que le apartó desgraciada y definitivamente no sólo de la producción de la secuela, sino también de todo lo relacionado con el Señor de la Noche. Sam Hamm, sin embargo, no sería el único en caer. Por su parte, Waters se enfrentó al doble reto de narrar una buena historia y hacerla, además, lo suficientemente atrayente a los ojos del director como para engancharle y hacerle firmar el acuerdo con la productora. Para ello, leyó el guión de Sam Hamm y optó por mantener algunas de sus ideas, eliminando los aspectos que más habían incomodado al cineasta. Buscó también los elementos más representativos de la filmografía de Burton, y buceó en las historias de Batman para encontrar algunos detalles que le ayudaran a mejorar su trabajo. Cuando hubo terminado, su trabajo se extendía hasta un total de ciento setenta páginas que, finalmente, redujo, por medio de retoques que no alteraran nada sustancial de la trama, hasta el guión definitivo. Cansado de los repetidos intentos de la productora, Burton leyó el trabajo de Waters. Y se sorprendió al comprobar que, en esta ocasión, el tono era exactamente el que él deseaba inyectarle a la historia y que, aunque seguía sin empatizar con los protagonistas, algo dentro de él le obligaba a intentarlo y a darle una respuesta afirmativa a la Warner: “Sea o no sea una película de Batman, quiero hacerla”. Al fin y al cabo, Burton sentía que era algo que casi le debía al Señor de la Noche: “Veía la primera parte y me decía que podría haber sido mejor. No me gustaba el tono, ni lo
 que había hecho con los elementos de oscuridad y lobreguez, con las relaciones entre los personajes. Tenía la sensación de no haber hecho el cien por cien de lo que deseaba hacer con esa película y parte de mí sentía que quería otra oportunidad”. Sin embargo, además del guión, el cineasta impuso importantes condiciones a la productora antes de firmar el acuerdo: se acabaron los corsés que limitaran su creatividad, se acabaron las injerencias de la productora, se acabaron las imposiciones en aras de hacer más comercial la película. Tim Burton pasaría directamente a producirla, junto a la propia Denise DiNovi, relegando de nuevo a Melniker y a Uslan al puesto de productores ejecutivos. Deseosos de que aquella demora interminable alcanzara su fin lo antes posible, ambos aceptaron delegar todo el poder en el director, confiándole la absoluta responsabilidad del proyecto. Era un riesgo, por supuesto, pero estaban dispuestos a correrlo. Y si alguien se había ganado su confianza, ése, sin duda, había sido Tim Burton. Libre, por fin, de incómodas ataduras, lo primero que hizo el director fue seleccionar los miembros de su equipo. Algunos ya habían colaborado con él en Bitelchús o Eduardo Manostijeras, y el realizador deseaba volver a contar con ellos. Así, Stefan Czapsky sería el responsable de la fotografía del filme, Danny Elfman de la música, Stan Winston (quien había sido nominado al Oscar en 1990 por Eduardo Manostijeras) el encargado del maquillaje, Bo Welch el diseñador de producción...A lo largo de los años, Burton había ido configurando una “familia”, que le acompañaría prácticamente al completo en la mayor parte de sus trabajos posteriores (Ed Wood, Mars Attacks!, Sleepy Hollow, El Planeta de los Simios, Big Fish), aunque eso significara, en algunas ocasiones, como ocurrió con Batman 2, tener que rechazar a otros. Anton Furst, ganador del Oscar por el excelente diseño de producción de Batman, fue reemplazado de esta manera por quien ya había trabajado con el cineasta en sus otros dos largometrajes: Bo Welch. Pese a su contrato en exclusiva con la productora Columbia, que le impedía trabajar para Warner, Furst contactó con Burton para tratar de arreglar la situación y poder incorporarse al equipo. Pero el realizador no lo quería en la segunda parte. “Tim me aseguró que no estaba interesado en hacer simplemente una secuela. Su enfoque es hacer una película tan alejada de Batman como sea posible, en todos los aspectos. Diseño incluido”, admitiría el nuevo diseñador. Furst, sumido en una depresión agravada por el rechazo del cineasta, acabó suicidándose unos meses después. Desde la editorial DC se le rindió entonces un emotivo homenaje, incorporando sus brillantes diseños de Gotham a las historias de los cómics tras la saga Destructor (The Destroyer). Menos trágicamente, pero igualmente dolidos, Roger Pratt (director de fotografía de Batman) y Ray Lovejoy (editor del filme del Murciélago) dejaron sus puestos a Stefan Czapsky y Chris Lebenzon, respectivamente, cerrándose definitivamente de esa triste manera la confección del equipo técnico y comenzando el ‘casting’ de actores. En esta ocasión, Burton no tendría que sufrir las iras de los aficionados por escoger a Michael Keaton para el papel de Batman, pues todos habían quedado ya convencidos de la idoneidad del intérprete para dar vida al protagonista. Sin embargo, Batman 2 no evitaría
 por completo la polémica en la selección de los actores... Michael Gough repetiría como el mayordomo Alfred Pennyworth, Pat Hingle como el comisario James Gordon y Billy Dee Williams como el fiscal Harvey Dent, contando además todos ellos con el beneplácito de los fans. Aunque en el guión de Sam Hamm reaparecía el personaje de Vicky Vale, la periodista del “Gotham Globe” desaparecía en el de Waters, por lo que la actriz Kim Basinger no actuaría en la segunda parte. Para representar al Pingüino, Burton tuvo siempre claro que su hombre era el actor, habitualmente de comedia, Danny DeVito. Su particular físico fue, sin duda, determinante para el director, quien tenía pensado remodelar por completo a Oswald Cobblepot, alejándolo del personaje de los cómics para convertirlo en un ser que encajara mejor con el espíritu que él pretendía imbuirle a la película: “¿Qué se supone que es el Pingüino en realidad? Yo pensaba que si alguien iba a llamarse ‘El Pingüino’ tenía que haber una razón para ello”. DeVito había trabajado ya en numerosas películas, desde el drama de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975) y La fuerza del cariño (Terms of Endearment, 1983) de sus primeros años, al humor y la acción de Tras el corazón verde (Romancing the Stone, 1984), La joya del Nilo (The Jewel of the Nile, 1985) o Los gemelos golpean dos veces (Twins, 1989), sin olvidar los filmes en los que había simultaneado la dirección con la interpretación, como en Tira a mamá del tren (Throw Momma from the Train, 1987), o La guerra de los Rose
 (The War of the Roses, 1989). Para el papel de Catwoman se barajó inicialmente el nombre de la gran actriz Lena Olin, nominada al Globo de Oro a la mejor actriz secundaria por La insoportable levedad del ser (The Unbereable Lightness of Being, 1988) y al Oscar a la mejor actriz secundaria por Enemigos: A love story (Enemies: A Love Story, 1989). Pero finalmente recayó en la no menos competente Annette Bening, quien también podía presumir de una nominación al Oscar a la mejor actriz secundaria, por Los timadores (The Gifters, 1990), y otra a los Globos de Oro a la mejor actriz, por Bugsy (1991). En cualquier caso, estaba claro que Burton no buscaba simplemente una mujer de físico llamativo para el personaje, sino que trataba de asegurarse una actriz que le diera verdadera profundidad al mismo. La decisión de elegir a Annette Bening, considerada a priori muy acertada, iba sin embargo a revelarse como un auténtico cúmulo de problemas. Y es que, para empezar, Sean Young, la actriz que había sido elegida para representar a Vicky Vale en Batman y que había tenido que ser reemplazada una vez comenzado el rodaje debido a un accidente, deseaba obtener el papel de Selina Kyle. Y tan compulsivamente, además, que incluso se presentó en el estudio disfrazada de Catwoman para convencer al director y a los productores de su capacidad y aptitudes para interpretar al personaje. No obstante, la decisión del cineasta era firme y, pese a considerar a Young adecuada para dar vida a Vicky Vale, la rechazó para el papel de villana y confió en Bening para representar a Catwoman. Por su parte, la mayor controversia entre los aficionados la generó el actor responsable de meterse en la piel de Dick Grayson, el pupilo de Bruce Wayne y ‘sidekick’ de su ‘alter ego’ Batman. El elegido fue el joven y desconocido Marlon Wayans, que había estudiado interpretación en Nueva York y actuado en alguna obra teatral, pero que no había participado aún en ningún largometraje. La polémica no derivó, como en teoría podría parecer, por culpa de su falta de experiencia, ni de su “excesiva” edad (mientras que en los cómics Dick Grayson apenas aparentaba más de doce años cuando irrumpía en el mundo del Murciélago, Wayans tenía diecinueve cuando iba a enfundarse el disfraz de petirrojo). El problema en este caso radicaba en el color de su piel, pues, a diferencia del pequeño huérfano trapecista de los cómics, Wayans era de raza negra. El debate sobre la discriminación racial o la necesidad de mantener la apariencia estética de un personaje de ficción al que millones de lectores de varias generaciones imaginaban de una determinada forma estuvo servido en los medios de comunicación durante un tiempo, sin afectar demasiado, aparentemente, a Burton, quien al parecer ayudó al dibujante Neal Adams a diseñar el nuevo uniforme que Robin luciría en la película y que se dio a conocer al público en el Batman #457. Por último, el guión de Daniel Waters incorporó un nuevo villano a la historia, desdoblando en dos personajes el papel que el fiscal del distrito Harvey Dent representaba en el original de Hamm, en el que Dent decidía entrar en política antes de que se produjera el trágico nacimiento del villano Dos Caras.
 Waters había mantenido a Dent en su relato, pero había creado un personaje nuevo, no extraído de los cómics, para desarrollar la trama política que, en principio, si no, hubiera recaído también en el actor Billy Dee Williams. Para el papel de Max Shreck (homenaje al inquietante actor Max Schreck que interpretó en 1929 al vampiro Nosferatu en Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, de F.W. Murnau), Tim Burton escogió al veterano Christopher Walken, cuya extensa filmografía incluía Annie Hall (1977), Los perros de la Guerra (Dogs of War, 1981), La zona muerta (The Dead Zone, 1983), Panorama para matar (A View to a Kill, 1985), Hombres frente a frente (At Close Range, 1986), Un lugar llamado Milagro (The Milagro Beanfield War, 1988), Homeboy (1988) y Comunión (Communion, 1989). Pero había sido sin duda su papel en El Cazador (The Deer Hunter, 1978) el que mayor fama le había dado, al hacerle ganar un Oscar al mejor actor. Su aspecto turbador y su enorme presencia física avalaban la decisión del director, dándole además mayor renombre a la producción.  Resuelto por fin el ‘casting’, se le ofreció al actor Burgess Meredith, quien había encarnado al Pingüino en 1966 tanto en la serie de televisión Batman como en el filme homónimo, la posibilidad de realizar un pequeño ‘cameo’ representando al padre de Oswald Cobblepot al comienzo a la película. Sin embargo, pese a aceptar el papel, no pudo finalmente actuar por culpa de una enfermedad, recayendo por ello en Paul Reubens, protagonista del primer largometraje de Tim Burton, La gran aventura de Pee-Wee (Pee-Wee’s Big Adventure, 1985). Y cuando todo estaba preparado para iniciar el rodaje, al cineasta volvió a sorprenderle, como ya le pasara en Batman, una noticia inesperada relacionada con la actriz principal: Annette Bening estaba embarazada. Su abandono de la producción era, por tanto, inevitable, y Burton debía afrontar sobre la marcha la sustitución de la actriz protagonista, como ya sucediera con Sean Young y Kim Basinger en el primer filme del Señor de la Noche. Y fue precisamente Young la que volvió a entrar en escena, al no resignarse a que fuera otra la que interpretara el papel de Catwoman que ella tanto ansiaba. Con la baja de Bening, Young vio ante sí una segunda oportunidad para convencer al director, transformando su deseo en una especie de enfermiza obsesión, hasta el punto de que llegó a rumorearse que pagó a gente del equipo de grabación para que le comunicaran por medio de ‘walkie-talkies’ en qué lugar exacto del estudio se encontraban los productores en cada momento, para tratar de hablar con ellos.  Sin embargo, pese al insistente acoso de la actriz, el director optó por Michelle Pfeiffer, a pesar de no tener excesivas referencias cinematográficas en las que basar su decisión. “No he visto muchas cosas suyas”, confesó el cineasta, “pero tuve un encuentro agradable con ella y me gustó. Está claro que, si la observas, verás que tiene un lado felino ideal para Catwoman”. Además de su “lado felino”, Pfeiffer contaba en
 su haber con un montón de películas, que iban desde las menores Sin piedad (No Mercy, 1980), Grease 2 (1982), Lady Halcón (Ladyhawke, 1985) o Las brujas de Eastwick (The Witches of Eastwick, 1987) de sus comienzos, hasta las magníficas Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988, que le valió su primera nominación a los Oscar como mejor actriz secundaria), Conexión Tequila (Tequila Sunrise, 1988), Los fabulosos Baker Boys (The Fabulous Baker Boys, 1989, por la que fue nominada al Oscar y ganó el Globo de Oro a la mejor actriz) o La Casa Rusia (The Russia House, 1990). Sumando ambos elementos y las múltiples nominaciones y premios recibidos en distintos festivales internacionales y asociaciones de críticos cinematográficos, Pfeiffer prometía una estupenda recreación de Catwoman. A todo lo cual había además que añadir la ilusión que el papel le despertaba: “De pequeña no me perdía ni un episodio de la serie de televisión. Julie Newmar (la actriz que daba vida al personaje) me fascinaba. Su interpretación rompía todos los estereotipos de lo que significaba ser mujer en aquella época. Podía ser mala y buena, cruel y salvaje”. Con Newmar como referente, el listón que Pfeiffer se autoimponía era verdaderamente alto. Por último, antes de que la claqueta chasqueara por primera vez, el guionista Wesley Strick, responsable de Aracnofobia (Arachnophobia, 1990) y El cabo del miedo (Cape Fear, 1991), fue el encargado de retocar el guión de Daniel Waters, y aunque en su mayor parte permanecería intacto, Strick consideró oportuno eliminar la figura de Robin. Esto suponía no contar con Marlon Wayans, quien, sin embargo, continuó de momento entre la plantilla de actores contratados, aplazando la decisión final sobre la aparición o no del personaje hasta que acabara el rodaje y se pasara a la fase de edición. En septiembre de 1991 comenzó, por fin, la grabación. Y aunque Burton no tuvo que soportar de nuevo la presión desmedida de los aficionados, ni desplazarse a Londres para rodar (esta vez se quedaron en los estudios de la Warner en Los Ángeles), ni hacer frente a una inoportuna gripe como le pasó en Batman, enseguida recordó por qué había rechazado inicialmente dirigir aquella película: “Cada toma era una visita al dentista. Me sentía como si me hubiesen encargado alinear los planetas. Íbamos a efecto especial por toma, y el rodaje estaba lleno de tipos colgados de cables, con quinientos pingüinos sueltos por allí y treinta técnicos con radios de control remoto dando órdenes de un lado a otro”. Por su parte, Michael Keaton y Michelle Pfeiffer experimentaron una combinación de extrañas sensaciones al actuar juntos, debido a la relación sentimental que ambos habían mantenido en el pasado. “La verdad es que me sentí bastante fuera de mi elemento y tener cerca a una persona con la que había compartido tantas cosas me ayudó considerablemente. Cuando llegaba el momento de rodar esas escenas románticas podía acudir a Michael y decirle: ‘¿Por qué siento todas esas emociones tan raras?’, y él me tranquilizaba, asegurándome que era normal”, aseguró Pfeiffer. Ambos tuvieron, además, que soportar estoicamente la pesada carga de unos trajes estéticamente perfectos, pero muy difíciles de llevar puestos. El de la actriz acumulaba las mayores incomodidades: “El traje no era muy cómodo. Las botas tenían mucho tacón y no estaban demasiado bien diseñadas. Cada vez que me incorporaba tenía cierta tendencia a inclinarme hacia delante”. Pero, sin lugar a dudas, la peor parte se la llevó un Danny DeVito que se vio obligado a pasar por interminables sesiones de maquillaje que se prolongaban durante más de tres horas antes de poder entrar en escena. El único que pareció disfrutar durante el rodaje fue Christopher Walken, quien, recordando una escena de la película El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 1974), le pidió a Burton lucir unos gemelos fabricados con muelas humanas. “Que Burton aceptara de una forma tan natural mi sugerencia me dejó muy impresionado. Comprendió enseguida el efecto que pretendía conseguir y eso hizo que me sintiera cómodo trabajando con él”. El hastío del maquillaje, la incomodidad de los trajes (Keaton pidió, incluso, que se le incorporara una cremallera a los pantalones del disfraz de murciélago), la necesidad de coordinar los efectos especiales con la grabación...Y a todo eso había que añadir la dificultad en el rodaje de algunas escenas concretas. Como explicaba Burton, “ocurrían muchas cosas y las filmábamos de una forma muy ajustada. (En algunas escenas) tuve que dejárselo todo a Michelle.
 Se hizo cargo de hacer todas las cosas raras, era mejor que los especialistas”. Sin embargo, eso no evitó que se produjeran incidentes desagradables. Además de las escenas de acción, Pfeiffer tuvo que aprender a manejar el látigo que Catwoman utilizaba en la película. En una de sus clases de aprendizaje con el especialista Anthony De Longis, la actriz soltó un latigazo que impactó directa y accidentalmente en el rostro del preparador. Inmediatamente, éste comenzó a sangrar y Pfeiffer, muy nerviosa, se puso a llorar y a disculparse. El suceso, al que el entrenador restó importancia “comportándose como un caballero”, le enseñó a la actriz que “si estás utilizando un arma letal no puedes permitirte el lujo de distraerte ni un momento”. El rodaje finalizó por fin en febrero de 1992, prolongándose por ello cinco meses (aproximadamente, dos más que el de la primera parte). Una vez terminado, se decidió que Robin no aparecería en el filme, pese a que Wayans ya había rodado las escenas en las que intervenía su personaje, luciendo el uniforme del Chico Maravilla. La compañía de juguetes Kenner Toys había incluso diseñado una figura del petirrojo para la línea de productos de la película, que finalmente tuvo que vender como un muñeco del personaje de los cómics. Wayans, por su parte, cobró lo que había previamente acordado con la productora, y firmó un contrato para intervenir en la tercera parte de la saga, donde sí se vería definitivamente a Dick Grayson en la gran pantalla. La campaña de promoción del filme volvió a ser un éxito, llegando a desatarse una incontrolable fiebre entre muchos fans por hacerse con los carteles publicitarios de las paradas de autobús en las que aparecía Michelle Pfeiffer caracterizada como Catwoman. El destrozo de las marquesinas y el robo de los anuncios obligó en algunas ciudades a que la policía vigilara con especial atención aquellas en las que la imagen de la actriz decoraba la estación y a que Warner Bros. enviara continuamente más posters para reponer los sustraídos (que llegaron a convertirse en auténticas piezas de coleccionista y a alcanzar un considerable valor). Pese a todo ello, sin embargo, cuando la cinta, titulada Batman Returns, llegó a los cines el 19 de junio de 1992, la expectación no alcanzó la magnitud de la primera película del Murciélago. Las cifras en taquilla fueron más que considerables, recaudando algo más de 160 millones dólares en EE.UU. y poco menos de 300 a nivel mundial, pero fueron, en cualquier caso, muy inferiores a las esperadas. El presupuesto se había duplicado, el éxito de Batman había hecho augurar una secuela aún más rentable, los esfuerzos por contar con Tim Burton
 y por tener los mejores efectos especiales habían obligado a que no se escatimara en gastos...Y, pese a todo, Batman Vuelve se había quedado atrás. No había satisfecho las previsiones de la productora. Algo había fallado. La película fue nominada a los Oscar a los mejores efectos visuales y al mejor maquillaje y la acogida de la crítica fue más positiva aún que con el anterior filme del Señor de la Noche, alabando las virtudes de la obra de Burton tanto en los aspectos interpretativos como en los puramente técnicos.  Su adaptación al cómic dio lugar a una obra notable, con guión de Dennis O’neil basándose de nuevo en el original de Daniel Waters, dibujo de Steve Erwin y tintas de José Luis García López, y DC aprovechó el tirón comercial de la promoción del filme para lanzar dos números en formato prestigio dedicados a los villanos de la película, Catwoman: Desafiante (Catwoman Defiant), de Peter Milligan y Tom Grindberg, y Pingüino Triunfante (Penguin Triumphant), de John Ostrander y Joe Staton, además del segundo volumen de Las Mejores Historias de Batman Jamás Contadas (The Greatest Batman Stories Ever Told) y las nuevas series regulares Shadow of the Bat, de Alan Grant y Norm Breyfogle, con llamativas portadas de Brian Stelfreeze, y The Batman Adventures, con Kelley Puckett, Ty Templeton y Rick Burchett, inspirada en la extraordinaria serie de animación creada por Bruce Timm, Paul Dini, Eric Radomski y Alan Burnett, Batman: The Animated Series, que Warner Bros. había decidido producir para la cadena de televisión Fox, haciéndola coincidir con el estreno del largometraje. Y aunque todo lo que rodeó al filme cosechó un gran éxito, la reacción del público ante la película estuvo lejos de ser unánime, produciéndose una división entre los que la consideraban mejor que la primera y los que le reprochaban su lobreguez, su tenebrismo, su complejidad y su alejamiento de lo que debe ser una historia de superhéroes. Batman vuelve tuvo un éxito relativo que a los productores les pareció menor de lo que en realidad era y cuya primera víctima fue, lógicamente, el mayor responsable del proyecto: Tim Burton no volvería a dirigir otro filme del Señor de la Noche. Sobre eso no había dudas en la productora. La pregunta en Warner Bros. en ese momento, no obstante, era más inquietante y trascendental: vistos los resultados de la secuela y el esfuerzo que había supuesto sacarla adelante, ¿habría un Batman 3? El futuro de la franquicia pendía de un hilo y, sin embargo, pese a la magnitud de la cuestión, la respuesta no se hizo esperar demasiado. Existe un conocido dicho popular que, implacable, crucifica todas las obras (especialmente, las cinematográficas) que sean secuelas de otras, asegurando que “segundas partes nunca fueron buenas”. Obviamente, como cualquier análisis genérico que no admita distinciones, esta máxima encuentra a menudo no una sino muchas excepciones a la regla general que acaban por invalidar la teoría que recoge. Pero, ¿es falso que “segundas partes nunca fueron buenas”? Sin entrar en valoraciones particulares sino simplemente colectivas, el famoso adagio tiene un poso de veracidad bastante considerable. Y es que, por lo general, se debe admitir lo que afirma esa creencia cuando la respuesta a la pregunta de cuál es la finalidad de una secuela es la más habitual: la de vivir de las rentas de la obra original. Porque cuando una creación artística tiene éxito, la tentación de estirar éste lo máximo posible y aumentar los beneficios derivados de aquélla suele ser realmente grande. En esos casos, generalmente, el dicho puede aplicarse con total propiedad a una secuela que pierde la frescura y la originalidad de su precursora, sin aportarle absolutamente nada, repitiendo una fórmula que ha demostrado ser exitosa para tratar de volver a cosechar el mismo resultado comercial. No obstante, existen también obras en cuya creación tuvieron que desecharse ideas que el autor consideraba apropiadas y válidas para ellas pero que algo (falta de espacio, incompatibilidad con otra idea ya plasmada o simple capricho del destino) obligaba a rechazarlas, obras cuya complejidad permite un desarrollo posterior más amplio y profundo de lo que en ellas se muestra, y obras concebidas ya desde su origen como un compendio de más de una sola creación. Normalmente, en estos otros casos, la secuela aparece como una obra de calidad nada desdeñable, en ocasiones superior incluso a su predecesora, a la que es injusto acusar de ser mala simplemente por no ser la primera. Batman, la película de Tim Burton de 1989, había sido un éxito. De tal magnitud, además, que la secuela se antojaba inevitable. Los máximos responsables del proyecto trabajaron insistentemente en ello y volvieron finalmente a producir un nuevo filme del Señor de la Noche, con las esperanzas de obtener, otra vez, resultados similares en taquilla. Algo que, no obstante, no sucedió. Si a ello se le suman las negativas consecuencias que produjo Batman Vuelve (división de opiniones en el público, dudas sobre Batman 3, Burton apartado de la dirección de la franquicia...), parece claro que a la segunda cinta del Murciélago se le podría aplicar la frase hecha y decir que fue una mala película. Pero...¿Lo fue realmente?. Batman Vuelve, como le pasó también a su predecesora, era un producto de encargo. El hecho de que el promotor de la misma y el realizador
 no coincidieran en la misma persona parecía un condicionante negativo, porque implicaba una confrontación de intereses entre ambos. Tim Burton sabía perfectamente lo que eso significaba y por eso se negó a rodar Batman 2 cuando la productora se lo propuso. Pero, ante la insistencia de la Warner, el cineasta acabó aceptando finalmente encargarse de la dirección del filme, con la condición de pasar a ser también su productor. Eso, que aparentemente no tenía mayor relevancia, fue sin embargo lo que determinó cómo sería la película. En primer lugar, porque Batman Vuelve dejaba entonces de ser un trabajo de encargo para convertirse en una creación personal. Burton elaboraría todo según sus deseos y construiría la película exactamente como a él le pareciera. Sin reglas ni límites, el director eliminaba así el que a su juicio había sido uno de los más importantes errores de Batman: la intromisión de la productora. Para un cineasta tan personalista como él, la participación de demasiados involucrados en el proyecto, opinando cada uno cómo tenía que ser cada detalle, además de un quebradero de cabeza, era un serio obstáculo para lograr un producto final de calidad. Y, en segundo lugar, porque Batman Vuelve no sería una secuela de Batman. Eso no significaba que entre ambas no existiría la más mínima relación, porque, por supuesto, estarían interrelacionadas. Pero no sería una simple continuación de la historia anterior, sino que se desarrollaría con un cierto grado de independencia respecto a la original. Los cambios no sólo se apreciarían en la forma (donde Furst, Lovejoy y Pratt dejarían sus puestos a Welch, Lebenzon y Czapsky), sino también en el fondo (en la historia, en el entorno, en los personajes...). Batman 2 sería tan innovadora y original como el propio “2” del título lo permitiera. Tim Burton tenía claro que el hecho de que la película fuera una secuela podía ser un lastre si su finalidad era simplemente repetir lo ya hecho, porque el público no pagaría otra vez por algo que ya había visto. Pero estaba convencido de que eso también tenía su lado positivo si sabía aprovecharlo. Con el primer largometraje del Señor de la Noche había cometido errores que con el segundo podría enmendar, había cedido en algunos puntos a los dictados de una productora que ahora le ofrecía libertad absoluta y había tenido que hacer algunos sacrificios en la narración para, como en todas las primeras partes, poder presentar a los personajes en su contexto y que el público pudiera comprender el fondo de la historia. Con todo eso ya superado, Batman Vuelve podía no sólo no ser una copia de su antecesora, sino incluso superarla. Era todo un reto el que Burton se proponía, pero con ese objetivo fue con el que él asumió la dirección del filme. Y, para lograrlo, el cineasta creyó conveniente hacer algunos cambios que imprimieran un nuevo estilo a la película. Por esa razón, Sam Hamm tuvo que cederle el testigo a Dan Waters, a pesar del buen trabajo del primero en la redacción del guión para la secuela. Algunas ideas de su argumento fueron eliminadas por el nuevo guionista, mientras que otras se mantuvieron tal y como aquél las había imaginado o, en algunos casos, sufriendo algunas modificaciones. Como ya hiciera Hamm en el primer Batman, el planteamiento de Waters vuelve a dividir la historia en los tradicionales tres actos, haciéndolos coincidir con la estructura clásica del cíclico orden-desorden-orden, aunque introduciendo algunas notables alteraciones dentro de cada uno de ellos. Sin un referente claro de los cómics como sí tenía Batman con Dark Knight y La broma asesina, pese a no adaptar en realidad ninguna de las dos, el guión de Batman Vuelve toma prestada la idea principal de su trama de los episodios “Hizzoner the Penguin”/“Dizzoner the Penguin”, de la serie de televisión de 1966. La historia comienza con una misteriosa escena introductoria en la que un matrimonio se desprende de su extraño hijo recién nacido, arrojándolo desde un puente dentro de su cuna. El capazo es entonces arrastrado por la corriente del río, a través de las cloacas, hasta llegar a la Sala del Ártico del zoológico de la ciudad, donde habitan los pingüinos. En las siguientes secuencias, tras producirse un salto temporal hasta el presente, se introduce a los protagonistas (el empresario Max Shreck, su hijo Chip, el millonario Bruce Wayne, el extraño Oswald Cobblepot, la secretaria Selina Kyle, el alcalde de Gotham...),
 mostrando en diferentes escenas las relaciones que existen entre ellos y explicándose la escena de la presentación. La primera aparición del Señor de la Noche tiene lugar en el enfrentamiento con la banda del circo Triángulo Rojo, dispuesta a aterrorizar a los ciudadanos de Gotham que asisten a un acto público del alcalde. Durante los altercados, Max Shreck es secuestrado y conducido hasta la Sala del Ártico, donde mantiene una charla con Oswald Cobblepot para ser después puesto en libertad. Más tarde, tras una tensa conversación entre el magnate y su secretaria, ésta es empujada al vacío desde uno de los despachos de la compañía. Con el nacimiento de una nueva personalidad dentro de Selina Kyle (“Yo soy Catwoman. ¡Óigame rugir!”) y la revelación de Shreck respecto a los planes que tiene para Cobblepot (“¡Arde, pequeña, arde!”) se pone fin al primer acto, concluyendo la presentación. El nudo de la historia se inicia con un nuevo enfrentamiento entre el Murciélago y los miembros del circo, encargados de sembrar el desorden en Gotham, en una secuencia que finaliza con el primer encuentro entre Batman y el Pingüino. La magnífica conversación entre ambos se ve inesperadamente interrumpida por una explosión en la empresa Shreck y la aparición de Catwoman, a quien el Señor de la Noche intenta atrapar. Los diálogos entre ellos ayudan a profundizar en las extrañas relaciones que se van tejiendo entre los personajes, desvelándose después una alianza entre Shreck y Cobblepot para que éste llegue a ser alcalde de la ciudad, y entre Catwoman y el Pingüino para tratar de destruir a Batman enfrentándolo con la Justicia. Ambos planes tomarán cuerpo al producirse un secuestro que el héroe intentará resolver, cayendo así en la trampa tendida por los villanos. En rápidas y sucesivas escenas que combinan acción con pausados diálogos, el Murciélago es disparado por la policía, se topa con Catwoman en un nuevo y memorable encuentro cargado de tensión sexual, y trata de huir en un batmóvil controlado a distancia por el propio Pingüino, cuya inteligencia y sadismo quedan fuera de toda duda. El pacto con Selina se rompe una vez que Oswald lo considera innecesario, manteniendo por el contrario el sellado con Shreck para intentar hacerse con la alcaldía. La última escena de este acto tiene lugar en uno de los populistas mítines del villano, donde el Señor de la Noche logra revelar a la multitud las verdaderas intenciones de Cobblepot y, por ende, su auténtica personalidad. La carrera política del Pingüino finaliza, de ese modo, súbitamente, dando paso al esperado final. “No quisieron ponerme en un altar. Yo los pondré bajo una pesada losa”. El último acto recoge los esfuerzos del maníaco criminal por causar el mayor daño posible a la población mientras tiene lugar un baile de máscaras en uno de los edificios de Max Shreck, donde coinciden Bruce Wayne y Selina Kyle, descubriendo cada uno la identidad secreta del otro. La fiesta es interrumpida entonces por el Pingüino, quien comunica a los asistentes su plan homicida y secuestra a Shreck por considerar que éste le ha traicionado. La carrera contrarreloj para evitar la catástrofe conduce al Murciélago hasta la Sala del Ártico, donde se profundizará en las motivaciones y en el paralelismo entre el héroe y el villano, y se librará el último combate entre ambos. A la lucha entre Batman y el Pingüino le sucede la de Selina Kyle en su intento por vengarse de Max Shreck, con el Señor de la Noche como impotente testigo del trágico final. El suspense, la emoción y la acción se entremezclan en estas logradas escenas, previas a un epílogo menos épico de lo esperado y, sorprendentemente, menos esperanzador de lo previsible. Como es inevitable, uno de los primeros pensamientos, puramente reflejo, que se tiene tras visionar Batman Vuelve es compararla con su predecesora. En este sentido, el guión de Daniel Waters es el primer elemento que obtiene una clara victoria a la hora de realizar una comparación con el que escribió Sam Hamm para Batman. Mientras el de la primera película se limitaba a presentar a los personajes, tratando superficialmente a algunos de ellos, en una historia simple y tópica con una narración meramente correcta, el de la secuela no deja de indagar ni un solo momento en las complejas relaciones que se dan entre los personajes y en la búsqueda de sí mismos que cada uno de ellos realiza a lo largo de la historia, ahondando en sus personalidades, en una historia plagada de subtramas, creando un relato formado por muchas piezas, alguna de las cuales encaja mejor que otras en el conjunto final. Waters combina muy notablemente historia y desarrollo de personajes, presentando un interesante eje central (los planes del Pingüino para ser alcalde y controlar la ciudad), alrededor del cual giran otras historias no menos atractivas (los retorcidos planes del empresario Max Shreck, la relación entre Bruce Wayne y Selina Kyle, la aparición de la misteriosa Catwoman, el rechazo popular al Señor de la Noche) que complementan brillantemente la narración. Pero, claramente, la mayor pretensión del guión consiste en mostrar las relaciones de los protagonistas (entre sí y consigo mismos), adentrándose en lo más profundo de sus mentes y de sus corazones, y tratando de comprenderlos. Como suele ser habitual en la filmografía de Tim Burton, Waters no reduce todo al blanco y al negro, sino que crea una amplia gama de grises que ayudan a definir a la perfección a cada personaje. Así, ni los
 héroes son totalmente “buenos”, ni los villanos totalmente “malos”. Son las circunstancias personales de cada uno las que les llevan a actuar como lo hacen, sin que se les pueda aplicar un juicio rápido y simplista que determine sus formas de ser a la ligera. Las tragedias particulares que cada personaje ha padecido son las raíces de sus comportamientos y la simiente que ha hecho nacer monstruos en su interior. Y es la fuerza de voluntad, simplemente la fuerza de voluntad de cada uno, la que hace que esas criaturas emerjan a la superficie de una u otra manera y se escondan detrás de un tipo u otro de máscaras. Y en medio de todos ellos, como un personaje más, como un ente colectivo e intangible pero omnipresente, con vida y pensamientos propios, aparece la sociedad, capaz de marginar al héroe o encumbrar al villano según juzgue sus actos, que sólo valora según su apariencia. Los diálogos, sin ser brillantes, son bastante acertados, definiendo perfectamente a cada uno de los personajes y haciendo que se comporten de distintas maneras según quién sea su interlocutor. A todos ellos se les dota de una gran inteligencia y se les llena de sentimientos, acercándolos al público todo lo que el relato permite. La estructura de la historia es sólida y está bien elaborada, pese a contener alguna que otra idea poco verosímil, incluso en una película de superhéroes (como, por ejemplo, que unos gatos logren resucitar a una persona o que la banda del Triángulo Rojo tenga en su poder los diseños del batmóvil), sin ir acompañada, además, de la más mínima explicación. Como ya ocurriera con la anterior adaptación del Señor de la Noche, es posible que las sucesivas modificaciones en el guión (redactado primero por Sam Hamm, reescrito más tarde por Daniel Waters, corregido finalmente por Wesley Strick) pudieran ser la causa de estos fallos, más cercanos a la categoría de lapsus que a la de errores. Una prueba de esos cambios serían las escenas eliminadas del montaje final, en alguna de las cuales puede verse un diálogo de simbólico contenido sexual entre Catwoman y el Pingüino o el final original ideado por Waters. Por el camino, en la fase de producción del filme, se perdieron también algunas brillantes líneas de guión, como por ejemplo una del Pingüino casi al término de la película (“Podríamos pasarnos toda la noche hablando sobre por qué hacemos lo que hacemos, por qué vestimos así, quién tiene el mejor trauma infantil, quién los peores genes, quién es el verdadero monstruo y quién el auténtico humano...Pero...Al final, lo que importa, es quién sostiene el paraguas”), que quedó reducida sólo a la última frase. Aparte de las ya citadas referencias que el filme hace a las películas El Gran Gatsby y Nosferatu a través del personaje de Max Shreck, así como a los dos capítulos de la serie Batman de 1966, también se incluyen otros homenajes cinéfilos, como, por ejemplo, en la escena en la que el Pingüino grita “¡No soy un ser humano! ¡Soy un animal!”, que parodia a la pronunciada por el actor John Hurt en El hombre elefante (The Elephant Man, 1980). Valorando la labor de los actores, se debe resaltar antes que nada la presencia de más protagonistas en la historia con respecto a la primera, que equilibran el peso de la misma, casi a partes iguales, entre Michael Keaton, Danny DeVito, Michelle Pfeiffer y Christopher Walken. Con unas actuaciones, en general, muy aplaudidas por la mayoría de la crítica, que logran elevar el nivel de calidad del filme.  Michael Keaton se esforzó al máximo para no “imitar” su propia interpretación de Batman, considerando todo un desafío dar vida al mismo personaje por segunda vez. Y no sólo logra no copiar o repetir lo que ya hizo, sino que supera su anterior trabajo al hacer del héroe un ser más humano, tanto como Bruce Wayne como Señor de la Noche (aunque sigue estando mucho mejor con el manto del murciélago que sin él), al que es más fácil llegar a comprender que en la primera parte. Keaton vuelve a reflejar con su mirada la tragedia del personaje y toda la soledad que le rodea, así como un cierto aire de pesadumbre ante el futuro de su misión. En Batman Vuelve, al protagonista le asaltan las dudas de que su cruzada pueda llegar algún día a dar su fruto, analizando su labor una vez que el asesino de sus padres pagara su crimen con la vida y sus progenitores descansen, por fin, en paz. Son las amargas consecuencias del final de la historia de Jack Napier, que Waters y Burton desarrollan con gran habilidad en la secuela, pese a que el fondo de esa reflexión choque frontalmente con la esencia del personaje de los ‘comic-books’. El Batman de Keaton sigue siendo sombrío y oscuro (tal vez, incluso, más que en la anterior), pero muestra una personalidad más madura que en el primer filme, gracias también a unos diálogos más profundos y a unos villanos que le ayudan a explorar su contradictorio carácter. Porque, en cierto sentido, Catwoman, el Pingüino y Max Shreck representan a los ojos del Señor de la Noche aquello en lo que él evita caer. Empleados como alegorías del mal, estos tres personajes desempeñan el mismo papel dentro de la historia que los fantasmas que visitan a Ebernezer Scrooge en el Cuento de Navidad de Charles Dickens, encargándose de mostrarle a Batman en lo que podría transformarse si no controla sus oscuros sentimientos: con Catwoman, en un ser enmascarado que vulnere a su antojo la Ley; con Max Shreck, en un despiadado, codicioso y avaro hombre de negocios sin sentimientos; con el Pingüino, en un solitario y vengativo huérfano que desea devolverle a la sociedad el dolor que ésta la ha provocado. Catwoman, el Pingüino y Shreck conforman así el tenebroso reflejo del Murciélago, recordándole por qué debe controlar sus miedos, por qué debe evitar que la rabia le domine, por qué debe mantenerse cuerdo. Sin embargo, pese a todos esos aciertos en el desarrollo de los villanos, Burton vuelve a cometer un fallo conceptual de considerables dimensiones, al restarle al héroe más protagonismo aún que en la primera película, en beneficio, de nuevo, de sus enemigos. Hasta el punto, incluso, de que Batman apenas aparece y, cuando lo hace, parece que sea únicamente como nexo entre los tres criminales, como alguien desconcertado que se ve superado por las circunstancias, como un hombre disfrazado de murciélago carente por completo de heroísmo. En Batman Vuelve, Burton lo convierte más bien en un antihéroe o héroe a la fuera, como aquél al que, mientras le imponen solemnemente una medalla por haber salvado a unos bañistas, se pregunta para sus adentros quién demonios sería el que le empujó al agua. Danny DeVito, por su parte, realiza un trabajo correcto, con algunos momentos de inspiración, pero inferior al del resto de sus compañeros de reparto y muy lejos tanto de la magnífica recreación del Joker que logró plasmar Jack Nicholson como de la interpretación del villano que hizo Burgess Meredith en 1966. DeVito logra inyectarle al personaje exactamente el espíritu que Tim Burton deseaba, ayudado también, por supuesto, por la impresionante labor de Stan Winston con el maquillaje (aspecto que volvió a rodearse del mayor de los secretismos, obligando al actor a firmar una cláusula contractual que le prohibía revelar cualquier detalle sobre él, ni siquiera a su familia) y por los estupendos diseños de vestuario de Bob Ringwood. Sin embargo, paradójicamente, esos elementos (la capa de maquillaje, los incómodos trajes, los zapatos de distinta alzada) que ayudaron a crear el personaje, fueron también los mismos que le dificultaron expresarse y le impidieron realizar una actuación más convincente. Como confesó el propio cineasta, con el personaje del Pingüino fue con
 el que el equipo desarrolló un mayor trabajo de creación: “Fue una invención que tuvo tanto que ver con el guión como con Danny DeVito, conmigo mismo y con todo el mundo, desde los de maquillaje hasta los de vestuario. Seguimos el proceso de llevarlo lo más lejos que pudimos sin perder el espíritu original, hasta que quedó realmente transformado. Trabajamos muy duro, pero fue uno de los puntos más gratificantes de la película”. Su apariencia física, su forma de hablar, de andar y de comportarse, sus ideas...El personaje es reinventado por completo, dejando de ser un simpático jefe mafioso de aspecto cómico para convertirse en un monstruo de feria al que sus padres abandonaron al nacer y que ansía poder vengarse de todos los que le rechazaron a causa de su deformidad, pero que, ante todo, desea sentirse querido y aceptado. Esa contradicción de sentimientos es la que hace del Oswald Cobblepot de DeVito un gran personaje, que supera en muchos aspectos incluso a la versión más lograda de los cómics, de la que mantiene algunos rasgos absolutamente característicos, como su obsesión por coleccionar paraguas (que emplea como armas) o su fascinación por los pingüinos (a los que equipa con misiles y dirige como a un ejército), pero de la que está totalmente alejado. Versión de los ‘comic-books’ a la que, por cierto, se le hace un guiño dentro de la propia película, al incluir un dibujo con la imagen clásica del personaje en los carteles electorales que aparecen tanto en la sede del Pingüino como en sus mítines. Apoyado en un guión que pone especial cuidado y atención en su personaje, DeVito muestra varios e interesantes matices de la compleja personalidad del Pingüino: como marginado vengativo que se oculta en un zoo y se rodea de aves, como astuto criminal que medita largamente sus inteligentes planes, como hábil político que no duda en recurrir a la demagogia para lograr sus fines o como taimado negociante que sella y destruye alianzas según sus intereses. Pero si Tim Burton hace de Batman un antihéroe, podría decirse que convierte al Pingüino precisamente en lo opuesto a la imagen tradicional del villano cuya sola presencia debe infundir respeto y temor. Líder de una banda criminal de artistas circenses, aspirante a alcalde rechazado a tomatazos, comandante de una legión de pingüinos armados, homicida que se desplaza en un gigantesco patito de goma, enemigo del Murciélago al que ataca desde un irrisorio mini-batmóvil...El Pingüino es un villano aparentemente ridículo al que nadie parece tomar en serio, pero que esconde en su interior una criatura sádica, cruel y demoníaca, cuya tragedia tiene raíces bíblicas (abandonado al nacer como Moisés, convertido al crecer en asesino de niños como Herodes) y
 cuya vida guarda cierta relación con la de Bruce Wayne. Pues mientras éste perdió a sus padres siendo un niño y se quedó solo, con su fortuna, convirtiéndose al crecer en un apuesto y exitoso ejecutivo admirado por toda Gotham, Oswald Cobblepot fue abandonado por sus progenitores, perdiendo por ello el puesto que le correspondía por nacimiento, creciendo también en soledad, pero feo, humillado y dejado de lado. Por eso, en parte, surge entre ellos, como también ocurre en los cómics, la enemistad y la envidia, a pesar de que, como señala el propio Shreck en la película, en otras circunstancias ambos podrían haber sido compañeros de colegio. El personaje inspira tanta compasión como rechazo, comportándose como un ser solitario, inteligente, desagradable, dolido, astuto y malvado, con el carácter tragicómico propio de las creaciones de Tim Burton, pero siendo tristemente privado, en aras de mantener esa mezcla de tragedia y comedia hasta sus últimas consecuencias, de un noble y convincente enfrentamiento final contra el Señor de la Noche que le hubiera dado mayor grandeza. En cualquier caso, el Pingüino de Batman Vuelve, con sus aciertos y sus errores, no merece ser olvidado ni infravalorado, ni la labor interpretativa de DeVito injustamente juzgada (como sucedió al ser nominado como peor actor de reparto en los premios Razzie, los anti-Oscar), a pesar de no ser todo lo brillante que podría haber sido. En cuanto a Michelle Pfeiffer, toda la crítica se volcó con la labor interpretativa de la actriz y su fantástica recreación de Catwoman, a la que convirtió en un personaje inolvidable, no sólo para la pequeña historia de las adaptaciones cinematográficas de superhéroes, sino también para la leyenda del Murciélago. Como en su momento apuntó la crítica del Austin Chronicle, pese a no tener el papel principal Pfeiffer logra atraer hacia ella toda la atención, robándole protagonismo tanto a Michael Keaton como a Danny DeVito. El maravilloso traje diseñado por Bob Ringwood, el destacable tratamiento en el guión de Dan Waters y, por supuesto, la excelente actuación de la propia actriz (mucho más adecuada para el papel que las cantantes Cher y Madonna a las que apuntaban los primeros rumores) hacen de Catwoman una villana memorable, mejor aún para muchos que la que representó Julie Newmar en la serie de televisión y al mismo nivel que el Joker de Jack Nicholson. Pfeiffer comienza el filme dando vida a una Selina Kyle sumisa, apocada e insegura, que se aísla de la realidad creando fantasías imaginarias y que, como el resto de protagonistas, vive acompañada únicamente por su soledad (y su gata Kitty). En algunas escenas, sin embargo, esa secretaria aparentemente insignificante y anodina deja entrever que dentro de ella vive un ser mucho más inteligente, ambicioso y fuerte, que lucha por salir. Y, cuando logra aflorar a través de Catwoman, su
 presencia lo inunda todo. Explosiva, traviesa, irónica, chispeante, tremendamente atractiva, muy segura de sí misma...La Catwoman de Pfeiffer es un torbellino que arrasa con todo y con todos: que pone en serios apuros al Murciélago, que ciega con su belleza a Bruce Wayne, que demuestra su inteligencia y sus dotes de seducción con el Pingüino, y que suelta las garras contra Max Shreck. Brilla como astuta ladrona a la que le divierte quebrantar la Ley, como poderosa villana a la que hay que temer y como misteriosa mujer de la que es difícil escapar. En todas las escenas destila fuerza, sensualidad y misterio, desplegando todos sus encantos con una simple pero provocadora mirada o con una ligera pero taimada sonrisa. Su particular relación de amor/odio con Batman hace de ella un personaje ambiguo y contradictorio terriblemente interesante, manteniendo más o menos la esencia del personaje de los cómics pese a modificarse su origen (víctima, por otra parte, de numerosas revisiones en los propios ‘comic-books’, donde ha ejercido de ladrona, de azafata, de prostituta...De estar más cerca de alguna de las distintas versiones en concreto, la Catwoman de Pfeiffer probablemente guarde mayor relación, salvando las enormes distancias, con la de la ‘Golden Age’). Las escenas que comparte con el Señor de la Noche son toda una lección de química sexual, demostrando que Michael Keaton no era el responsable (al menos, no el único) de la fallida historia de amor con Kim Basinger en Batman. Aunque, como afirmó la actriz, es innegable que la anterior relación sentimental entre ambos actores tuvo mucho que ver en eso: “Entre nosotros dos existe la cantidad suficiente de historia real para que esas escenas salgan mejor, pero no la suficiente para que nos estorbe”. Pfeiffer da la sensación de disfrutar al máximo metiéndose en la piel de la que fuera su ídolo juvenil, llenándola de vida y haciéndola creíble,
 carismática y deseable, como toda “femme fatale” que se precie, a pesar de las incomodidades del disfraz (“quedaba muy ceñido, la tira me apretaba las cuerdas vocales y la máscara me apretaba las orejas de tal forma que tenía problemas de audición. Tim (Burton) quería que los platós estuvieran a una temperatura constante de 35 grados, por lo que primero sudaba y a medida que el sudor se secaba me entraba un frío increíble”. De hecho, el diseño del traje era tan complicado que tenía que sellarse al vacío una vez colocado, por lo que el tiempo del que se disponía para grabar las secuencias en las que ella intervenía era muy limitado, para evitar que la actriz pudiera desmayarse o perdiera el conocimiento). Por su sorprendente maestría con el látigo (“Michelle y el látigo realmente se complementan, ella toma su energía y la canaliza a través de él”, aseguró su preparador), por su innata apariencia felina, por su maravillosa ambigüedad, por su habilidad en las escenas de acción (la mayoría de las cuales rodó ella misma, sin utilizar dobles, tras aprender ‘kick-boxing’ con Kathy Long), por su salvaje atractivo y, en definitiva, por su convicción a la hora de interpretar al personaje (su favorito, según ella misma confiesa, de todos los que ha representado), Michelle Pfeiffer se ganó con su impresionante recreación de Catwoman no sólo el respeto sino también el corazón de todo el público, con los aficionados del personaje a la cabeza. Por último, Christopher Walken realiza una actuación notable, realmente destacable, pese a que su personaje fuera el menos desarrollado (o, al menos, el menos complejo) por el guión, donde Max Shreck es presentado como el clásico malo de los cuentos, como el villano malvado y sin escrúpulos movido por la codicia, que desea conquistar el mundo (en este caso, “sólo” la ciudad de Gotham) camuflado bajo el beatífico disfraz de honorable filántropo. Manipulador, frío y portentosamente inteligente, Shreck se comporta como el vampiro al que el actor en el que se inspira su nombre dio vida: deseando absorberle a la ciudad hasta su última gota de energía. La dualidad en este caso es sólo ficticia, como una falsa máscara creada por el personaje, como un hábil recurso para poder conseguir su propósito. Sin embargo, pese a la excesiva simplificación de su personaje en comparación con el resto, Walken cumple de sobra con su papel,
 aportándole solemnidad, seriedad, enorme presencia física, elegancia y, sobre todo, genialidad y maldad a partes iguales. Con su profunda y gélida mirada y con su aristocrático aspecto, el Max Shreck de Walken resulta mucho más terrorífico que el Pingüino de DeVito y mucho más sombrío que el Bruce Wayne de Keaton, ejerciendo con Selina Kyle el papel de dominante superior en quien ella ve condensadas toda la iniquidad y la falta de sentimientos de esa sociedad que la oprime y deja de lado por ser débil y conformista, lo que lo convertirá más tarde en el blanco de Catwoman. Los personajes secundarios son más secundarios aún que en la primera, pues su papel de interlocutores del protagonista lo ejercen en esta ocasión los villanos. En cualquier caso, pese a la brevedad de sus apariciones, vuelve a destacar Michael Gough como el mayordomo Alfred, y Pat Hingle vuelve a ver cómo su comisario Gordon es condenado de nuevo a un injusto e incomprensible ostracismo, siendo obviada por completo su relación de amistad y su alianza con Batman. Algo parecido a lo que le sucede a Billy Dee Williams con su fiscal Harvey Dent, que en principio iba a ejercer el importante papel de Max Shreck dentro de la historia pero que, finalmente, acaba reducido a una presencia absolutamente irrelevante. En los apartados técnicos, Tim Burton sustituyó a varios responsables de los que participaron en la primera película, renovando su equipo y rediseñando un nuevo Bat-universo, esta vez totalmente a su medida. Así, la Gotham de Anton  Furst es desechada, dando paso a la creada por Bo Welch, responsable de los sorprendentes y extravagantes diseños de producción de Bitelchús y Eduardo Manostijeras, en busca de un entorno más impactante a nivel visual. Los admirables diseños del primer Batman que combinaban elementos góticos y victorianos con futuristas toques post-industriales sufren en Batman Vuelve una hipertrofia brutal, que convierte los edificios en gigantescos monolitos de metal, los arbotantes en monstruosos arcos decorativos carentes de funcionalidad y las oscuras gárgolas en megalómanos monumentos de corte soviético o fascista, creando un conjunto muy llamativo pero tremendamente incoherente. Porque el principal logro de Furst no fue ya elegir con notable acierto los elementos artísticos y arquitectónicos que ayudaran a crear la imagen más adecuada para Gotham, sino saber combinarlos para hacer que el pasado y el futuro pudieran conjugarse simultáneamente en unos edificios que trasladaran a la gran pantalla el espíritu de lo que los dibujantes habían plasmado en los cómics del Murciélago durante cincuenta años. El enorme edificio de la compañía Shreck coronado con una gran cabeza de gato, la plaza central de Gotham con su colosal árbol de Navidad, la Sala del Ártico en el zoo con su gigantesca estalagmita central...Todo es asombrosamente grande. Incluso el pato en el que se desplaza el Pingüino y el bat-deslizador que utiliza el Señor de la Noche para moverse bajo tierra parecen hacer un guiño, al multiplicar su tamaño, a la famosa moneda de la bat-cueva y a las gigantescas máquinas de escribir de los cómics. Pero, en lugar de crear algo elaborado y armónico como hizo Furst, Welch se sume en un inconexo caos faraónico y pseudo-futurista, arriesgado y provocativo, en detrimento del realismo, la belleza plástica y la proporcionalidad, que hacen de la nueva Gotham un lugar más grotesco y surrealista que oscuro y gótico. Avalado por la confianza y los deseos de Tim Burton, Welch firma un trabajo muy, muy grande que, pese a sus aciertos, dista bastante de ser un gran trabajo. Abundando en el error, Roger Pratt (creador de la lograda atmósfera de Batman) es reemplazado como director de fotografía por el responsable de Eduardo Manostijeras, Stefan Czapsky, quien transforma el meritorio trabajo de Pratt y su tono gris, siniestro y oscuro en un desconcertante juego de coloristas luces sobre fondo negro que crea un llamativo efecto visual que magnifica, aún más, el estilo y la forma del diseño de producción. Influenciado por el movimiento expresionista alemán y su característico uso de la iluminación en obras cinematográficas como Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (1929) o El hombre que ríe (1928), Czaspky eleva a la máxima potencia los efectos del trabajo de Welch, haciendo de Gotham una ciudad extraña hasta lo irreal. En este sentido, la dualidad de los personajes y sus máscaras es aplicada, incluso, al propio escenario, mostrado como una criatura negra cubierta por una blanca capa de nieve gracias a la ocurrencia de situar la acción en Navidad (excusa que Burton tomó prestada del guión de Hamm y que no afecta para nada al desarrollo de la narración, pero que sirve para acentuar el impacto visual que el cineasta trataba conseguir). Todo ello hace que la historia tenga lugar en un asombroso mundo de ficción, lúgubre y fantástico, que, aunque no carente de una innegable calidad formal, está muy lejos de ser el adecuado para un personaje como Batman. Por otra parte, los impresionantes efectos especiales de Batman Vuelve consiguen superar a los de su predecesora en cuanto a dinamismo y espectacularidad, ya sea en las escenas de lucha rodadas en lo alto de los edificios como en las que tienen lugar a ras del suelo (peleas, explosiones, persecuciones...). No en vano, los efectos visuales de Craig Barron, Michael Fink, John Bruno y Dennis Skotak fueron nominados al Oscar, y la película fue la primera de la historia del cine editada con el sistema Dolby Digital. A pesar de que las escenas de acción no sean la parte más importante de la cinta, el cuidado y el esmero con los que fueron realizados quedan patentes en la excelencia que exhiben. El diseño de vestuario logra mejorar al del anterior filme del Murciélago, gracias también, en parte, a la presencia de más villanos que dan a sus responsables una mayor posibilidad de lucimiento. El Señor de la Noche porta en esta ocasión un traje similar al ya visto en 1989, pero con algunas importantes alteraciones. Por un lado, el material pasa del cuero a la goma, lo que cambia la textura y elimina en parte los brillos, y lo hace más flexible y ligero, dándole al actor mayor libertad de movimientos. Además, el color negro del primero es sustituido por un tono más cercano al gris, modificándose también tanto el logotipo del pecho (que ya luce el tradicional emblema de los cómics) como el diseño abdominal (mucho más futurista y menos anatómico) y de la capa (más cerrada sobre el pecho). Para Catwoman se crea un soberbio disfraz en látex negro que realza los encantos naturales de la actriz y que, unido al látigo, le aporta un sorprendente pero adecuado tono de ‘dominatrix’, acentuado por las altas botas negras con tacones de aguja. Las costuras abiertas del disfraz y la utilización de dedales con afiladas puntas en los extremos hacen más creíble que sea el propio personaje quien lo idee y fabrique manualmente, mientras que el amplio espacio alrededor de los ojos y la boca permite a la actriz expresarse con total libertad. El Pingüino, por su parte, luce dos diseños distintos para enfatizar la diferencia
 entre su verdadera personalidad y su ‘alter ego’ Oswald Cobblepot: para el primero se crea una extraña pieza de ropa interior blanca, parecida a un pijama, con botas negras y una elegante pechera de smoking, que el actor lleva desagradablemente sucios por vivir oculto bajo tierra, mientras que para el segundo se opta por un traje de chaqueta en tonos oscuros, con guantes, capa y sombrero de copa. Por último, Max Shreck es vestido con distinguidos trajes de raya diplomática y corte antiguo (años treinta o cuarenta), que le aportan un aire señorial, realzado por el uso de guantes, capa y un peinado que recuerda a las pelucas usadas por los nobles europeos del siglo XVIII.  En el apartado musical, Danny Elfman repite la partitura central de su anterior trabajo, pero rodeando esa melodía principal de maravillosas nuevas piezas orquestales, más poderosas y con mayor sentimiento. La perfecta conexión con las imágenes, el uso de violines, la aceleración del ‘tempo’, la acentuación del tono de la historia...Todo es soberbio en un Elfman especialmente inspirado que experimenta con nuevos sonidos y que crea algunas piezas tan brillantes que él mismo volverá a recurrir a ellas en posteriores trabajos (como, por ejemplo, el tema “Making Christmas” que acompaña la escena en la que los secuaces del Pingüino asaltan una tienda, que el compositor volvería a utilizar en 1993, en Pesadilla antes de Navidad). Como ya pasara en el filme de 1989 con el cantante Prince, al “soundtrack” de Elfman se le une también alguna canción de estilo modernista, interpretada en este caso por Siouxie Sioux y Steven Severin. El montaje de Chris Lebenzon (nominado al Oscar por su trabajo en Top Gun) es extraordinario, logrando una alta calificación tanto en las aceleradas escenas de acción como en las calmadas secuencias de diálogos, permitiendo exhibirse, como ya hiciera Lovejoy en el primer Batman, a los encargados de los aspectos técnicos que tan bien fueron tratados pocrítica (especialmente, el vestuario, el maquillaje y los efectos visuales y mecánicos). Si todas las escenas son un ejemplo del buen hacer de Burton en la dirección y del gran trabajo de Lebenzon al frente de la edición, la que muestra el primer encuentro entre el Señor de la Noche y el Pingüino, conversando ambos en primer plano con Catwoman avanzando hacia ellos, haciendo piruetas, desde el fondo del escenario, es especialmente destacable.  En cuanto a la fidelidad de la película al espíritu de los cómics, Batman Vuelve, desgraciadamente, sí se comporta exactamente como una secuela de su predecesora, repitiendo milimétricamente sus mismos errores: falta de relevancia de James Gordon, olvido absoluto del carácter detectivesco de las historias de los ‘comic-books’, vulneración flagrante del respeto por la vida que inspira a Batman...A lo que hay que añadir los cambios en los comportamientos a lo largo de la cinta del Murciélago, de Catwoman y, sobre todo, del Pingüino. Sin embargo, Batman Vuelve cuenta en este sentido con una gran ventaja frente a Batman, pues mientras esta última modificaba algunos elementos característicos de la personalidad y la historia de los protagonistas de forma innecesaria y sin obtener a cambio una mejora cualitativa que los justificase o disculpara, las que se producen en la secuela, pese a suponer una grave desviación de lo plasmado en los cómics, logran elevar la calidad de la narración, definir mejor a los personajes y superar en algunos aspectos a la versión impresa. Todo ello, en conjunto, hace de Batman Vuelve una notable obra cinematográfica, de acabado formal absolutamente impecable, que mejora en varios apartados y en muchos puntos a su precursora y que no merece, ni mucho menos, ser tachada como una mala película por el hecho de ser una segunda parte. Es una historia que está concebida para dar que pensar, y que no debe entenderse como cine de palomitas ni como mero producto de evasión origen de una campaña de ‘merchandising’. Como el propio Burton afirmó en las entrevistas posteriores a su estreno, es un trabajo en el que prima sobre todo la psicología para entender a los personajes y comprender las motivaciones de sus contradictorias acciones. Una ambigüedad, tal vez, demasiado repetitiva, que acaba provocando cierto hastío y tal confusión entre las dobles personalidades de cada protagonista (Bruce Wayne, Selina Kyle y Oswald Cobblepot, y sus ‘alter egos’ Batman, Catwoman y Pingüino) que los ciudadanos de Gotham (y, con ellos, los propios espectadores) no saben qué papel está desarrollando cada uno dentro de la historia, ni si el héroe es en realidad el héroe y el villano el villano, o a la inversa. Sin embargo, aunque el fondo de la historia ya recibiera en su momento alguna crítica por parte de quienes la consideraban demasiado lóbrega y compleja para un filme que deberían poder ver también los niños, el mayor problema de la película reside en la utilización de las máscaras, que Burton lleva hasta el extremo de utilizarlo en la propia concepción de la obra. Cuando Tim Burton leyó el guión de Dan Waters y se dio cuenta de las posibilidades que le brindaba, su respuesta a la Warner fue que “fuera o no fuera” una película de Batman él estaba dispuesto a rodarla. El incomprensible “no fuera” en la frase del director, teniendo en cuenta que lo que la productora le estaba proponiendo era precisamente filmar una secuela del Murciélago, encerraba mucho más de lo que pudiera a priori parecer. Como había demostrado con sus anteriores trabajos, Burton es un gran cineasta, un creador genial y un brillante narrador, capaz de utilizar historias aparentemente ingenuas sobre fantasmas desahuciados o monstruos incomprendidos para hacer lo que en realidad le gusta: una mordaz crítica a los valores morales tradicionales que le molestan o desagradan. En toda su filmografía (considerada erróneamente infantil o juvenil), el realizador traslada al celuloide su visión del mundo a través de sátiras grotescas y surrealistas, detrás de cuyo sorprendente y fantasioso envoltorio se esconde siempre un feroz ataque al arraigado convencionalismo que el cineasta detesta. Y eso, una crítica social, que es lo que no pudo hacer en Batman por las restricciones de la productora, es exactamente lo que hace en Batman Vuelve. La inexplicable “ausencia” del Señor de la Noche, el uso de una Gotham delirante e increíble, la excesiva presencia de los villanos y los cambios en sus formas de ser (cada uno de los cuales se convierte en representante de un elemento criticable según Burton: el Pingüino, de la hipocresía y el rechazo social a lo que es diferente; Max Shreck, del materialismo capitalista y la opresión del poderoso; Catwoman, de la represión sexual)...Nada
 es gratuito o aleatorio en la película, y todo se reduce a un único objetivo: narrar la historia que Burton deseaba contar. Aunque para ello deba recurrir a unos personajes que acaban, sin necesidad de ello, por no tener nada que ver con los de los cómics del Murciélago. Como sus protagonistas, Batman Vuelve es una obra compleja y madura, que genera opiniones contradictorias y pensamientos encontrados, y que, pese a su apariencia de historia de superhéroes, oculta en su interior un monstruo que a algunos confunde por su inocente aspecto externo (de ahí deriva precisamente la necesidad de utilizar una Gotham lo más alejada posible de la realidad y unos personajes tan excesivamente grotescos: como Burton demuestra en sus otras películas, para que produzca su efecto, la sátira debe deformar lo que en ella se critica y hacer que su moraleja ética sea sutil pero efectiva). Por ello, Batman Vuelve es, literalmente, una fábula de murciélagos, gatos y pingüinos en la que Burton esconde una ácida crítica social con la que se podrá o no estar de acuerdo, pero que no guarda relación alguna con el Señor de la Noche (salvo por una atmósfera trágica y oscura que debe más al sello personal del realizador que al respeto por el personaje).  Bo Welch aseguró que el propio Burton le había confesado que “su enfoque era hacer un filme tan alejado de Batman como fuera posible”, lo que se tradujo no sólo en la modificación de aquellos elementos que no habían funcionado en la primera película, sino también en arrasar con los que habían demostrado su genialidad y brillantez. El cineasta realizó los cambios que estimó necesarios (algo a lo que no sólo tenía derecho, sino a lo que estaba obligado moral y profesionalmente), pero no buscando mejorar el resultado final de la cinta, sino para que ésta pudiera ajustarse a la forma en la que él quería contar la historia. Eso provocó que algunos aspectos de la obra superaran a los de la primera, mientras otros, por el contrario, daban un incomprensible paso atrás. Algo en lo que fue determinante la ausencia de una instancia superior que controlara el proyecto, de un productor que, como en Batman, le fijara unos límites y le impusiera unas condiciones. Porque aunque, en general, Batman Vuelve es mejor película que Batman, en realidad, como historia del personaje, está tan alejada de él como podrían estarlo Bitelchús o Eduardo Manostijeras. Tim Burton es un director magnífico que podría haber rodado una estupenda secuela en la que, sin necesidad de abandonar el Bat-universo, profundizara en temas tan atractivos como las relaciones interpersonales, las emociones humanas o el papel de la sociedad. Pero no lo hizo. En su lugar creó una historia suya y no de Batman, para él y no para los espectadores, dejando de lado las esperanzas de los aficionados y valiéndose de una franquicia que le había ayudado a saltar a la fama. Y era más la amarga sensación de haber desaprovechado una gran oportunidad para conseguir crear la adaptación cinematográfica definitiva del Señor de la Noche porque el mismo responsable de haber tratado con respeto al personaje en el cine, después de varias versiones paródicas y burlescas, devolviéndole su grandeza y su esencia, era el que había caído en el error que él mismo había logrado evitar con Batman: no sacrificar al héroe en beneficio de otras ideas, estilos o historias que lo convirtieran en algo que no es. Porque no se puede hacer una película de acción casi sin acción o una película para todos los públicos que no sea apta para menores, tampoco se puede hacer una película de Batman...sin Batman. En 1989, Tim Burton cumplió el sueño de muchísimos aficionados del Murciélago al convertir al personaje en un ser de carne y hueso con el que ya no había que soñar para verlo vivir aventuras. Pareció entonces que el Señor de la Noche regresaría más tarde, de nuevo, heroico y triunfal, para quedarse en las salas de cine de todo el mundo durante mucho tiempo. Sin embargo, para mayor desgracia de millones de ilusionados fans que lo esperaban entusiasmados, el regreso no se produjo y Batman nunca volvió.